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OPINIÓN: Por qué las lesbianas de la cultura pop no me representan

Por Anita la Lesbianita @karen_alf

En sociedades llenas de prejuicios, odio y violencia, las lesbianas nos abrimos paso en busca de nuestra visibilidad. Las series y películas han sido una plataforma para decirle a la gente que existimos, pero todavía falta mucho por hacer.

¡Par de lesbianas, se van a ir al infierno! ¡Qué asco, hagan sus cochinadas en otra parte!

Ya perdí la cuenta de las veces que cualquier hijx de vecinx se ha sulfurado por el simple hecho de verme tomada de la mano con otra mujer. Y ni qué decir cuando hay un beso o un abrazo de por medio, porque su verborrea se convierte en groserías y, en casos más extremos, violencia física. Pero, ¿por eso dejaré de ser yo? Claro que no.

En México, y en especial en CDMX porque en provincia las cosas marchan a un ritmo más lento, por más progres y modernos –léase como señora gringa– que decimos ser, aceptar las diferencias de los otros, desde su físico hasta a quién deciden mamarle el c*lo, parece ser un proceso complicadísimo, cuando simplemente es una cuestión de respeto.

Las lesbianas buscamos mejorar la realidad en la que vivimos: hemos luchado por nuestros derechos, por poder casarnos, por adoptar, por formar una familia y vivir una vida como cualquier otrx.

Pero hacerse visible no es fácil, más allá de ondear una bandera durante el mes de junio o cada 26 de abril –en el Día de la Visibilidad Lésbica–, hay un significado con mucho peso: reconocerte y vivir como tal [lesbiana] en medio de contextos sexistas, heteronormados y llenos de prejuicios.

Yo no solo soy Anita la Lesbianita a la que gusta relacionarse sexoafectivamente con otras mujeres; soy mucho más que eso.

Ser lesbiana no es una moda

Existimos todo el año y desde siempre, por fortuna cada vez aparecemos más en series, películas, videos musicales e incluso en portadas de revistas.

Al decir desde siempre, no hay mejor ejemplo que la película Retrato de una mujer en llamas (2019), un film francés que cuenta la historia de amor y pasión entre una joven aristócrata y una pintora a finales del siglo XVIII.

Las mujeres a las que nos atraen otras mujeres existimos desde esa época y mucho antes, no olvidemos a Safo de Lesbos, poetisa griega que se dice mantenía relaciones amorosas con sus discípulas y a quien le debemos el termino lesbianismo, o la mexicana Juana de Asbaje y sus decenas de poemas dedicados a María Luisa Gonzaga Manrique de Lara, virreina de Nueva España y mecenas de la escritora.

Lesbianita desde chiquita

De regreso a este siglo, la sociedad no nos facilita la visibilidad y un factor determinante sigue siendo la familia.

Muchas hemos vivido el rechazo en casa de diversas maneras y grados, desde los papás que te corren porque “ puedo aceptar que seas todo, menos lesbiana”, la abuela que quiere excomulgarte porque “Dios creo a Adán y a Eva, no a Eva y a Emma”.

Hasta violaciones correctivas o terapias de conversión, como le pasó a la protagonista de la novela La mala educación de Cameron Post, personificada por Chloë Grace Moretz en su adaptación a la pantalla grande (2019), que cuenta cómo una adolescente es enviada a un campamento cristiano para “regresarla al buen camino”.

Así como Cameron, yo también me enamoré de una de mis amigas durante mi adolescencia y tuve una relación con ella más allá de la amistad, pero antes de que eso pasara, siempre supe que las mujeres me atraían y nunca lo vi como algo malo, ni por sentirlo ni por verlo en otras mujeres.

Recuerdo que la primera película con temática LGBTQ+ que vi fue D.E.B.S. (2004) como a los 14 años, ya sé que no es la mejor referencia, pero fue la primera vez que vi a dos mujeres besándose en la televisión, aunque el primer personaje femenino poco convencional con el que me identifiqué fue Xena la princesa guerrera (Lucy Lawless); quería ser igual de fuerte y valiente que ella, pero sobre todo tener una Gabrielle (Renée O’Connor) cerca.

A esta película le siguieron otras como Besando a Jessica Stein e Imagine Me and You . Con ninguna me sentí identificada porque los personajes, además de ser mayores, vivían una realidad idílica con finales felices que poco se parecía a la de mi México, pero fueron mi primer referente de otras maneras de vivir, lejos de las que existían en las telenovelas de mi mamá.

The lesbian dream®✨

Debido a las respuestas y reacciones radicales por parte del núcleo donde deberíamos sentirnos cuidadas y protegidas, muchas también decidimos vivir en el anonimato y camuflarnos con nuestra pareja bajo el título de “mejores amigas”, claro, hasta que emigramos a la CDMX en busca de lo que llamo The lesbian dream®:

Entornos seguros donde “nadie te conoce”, sitios para salir a divertirte con tu novia o tu ligue mientras bailas “I follow rivers” de Lykke Li, muy al estilo La Vida de Adèle (2013).

Así como rodearte de más mujeres que aman a otras mujeres, muchas cobijadas con el manto feminista. Pero también aquí, y prácticamente en todo el mundo, falta visibilizarnos aún más.

Aunque encabezamos las siglas de la comunidad LGBTQ+, no me dejarán mentir: la representación de la homosexualidad sigue siendo mayormente masculina.

Cuando vamos a algún bar de Zona Rosa o del Centro Histórico, la presencia masculina sigue predominando. Y esto no solo pasa en el país, en los dos bares LGBTQ+ de un pequeño pueblo español donde viví, 8 de cada 10 asistentes eran macho macho man.

Tus lesbianas no siempre me representan

La publicidad, la televisión, el cine (y no, no las películas porno con las que te cachondeas con tus amigxs) y las empresas de entretenimiento como Netflix han incluido en sus producciones cada vez más mujeres lesbianas, transexuales, bisexuales y no solo personajes gay.

Series como Vis a Vis, Orange is the New Black y Feel Good han hecho de sus personajes lésbicos nuevas referencias no solo para nosotras, sino para cualquiera que vea estas producciones y se pregunte cómo diablos somos las lesbianas.

Rizos y Saray de Vis a Vis

Aquí me gustaría hacer un paréntesis porque, pese al incremento de personajes lésbicos, se les suele encasillar en parejas que atienden la ya gastada dicotomía femme-butch o mujeres jóvenes dentro de los cánones de belleza occidentales con los que no termino de identificarme.

Sin embargo, de lo último que he visto y que se acerca mucho a nuestra realidad es el documental A secret love, nada de spoilers de por medio, pero ¿se imaginan fingir por décadas una amistad con la persona a la que amas por miedo a que tu familia te rechace?

Otra de mis favoritas es Carol (2015), un drama ambientado en la década de los cincuenta, protagonizado por Cate Blanchett y Rooney Mara, que cuenta la historia de dos mujeres de diferentes edades y clases sociales que se enamoran; la primera, una mujer refinada y atrapada en un matrimonio infeliz, mientras que la segunda es una joven aspirante a fotógrafa que trabaja en una tienda departamental.

¿Cuántas no nos hemos enamorado de una mujer sin saber que nos gustaban las mujeres y cuántas no hemos tenido relaciones heterosexuales solo para “aparentar” algo que no somos?

Faltan muchas historias por contar, muchas realidades que incluso en el anonimato buscan ser escuchadas. Y como en todo hay sus excepciones, pero para conocer mejor a una lesbiana, anímate y hazte amigx de una; no mordemos –bueno, a veces–.

Somos hijas, hermanas, madres, tías, abuelas; oficinistas, periodistas, artistas, policías, médicas, ingenieras, maestras; lacias, chinas, altas, no tan altas, tenemos ojos rasgados, ojos grandes, labios gruesos, el pelo negro o de colores; practicamos deportes, tenemos alguna discapacidad, somos indígenas y de cualquier raza habida y por haber.

Somos muy diferentes entre nosotras. Somos mujeres. Somos personas.

@karen_alf