Así fue como mi maestra de la universidad se convirtió en mi ‘roomie’

Cosas de millennials presenta...

Como cada 15 de mayo en México festejamos el Día del Maestro, y por ello, se nos vienen a la mente un chorro de anécdotas sobre los profesores que tuvimos en alguna de nuestras etapas educativas.

Si me preguntan, tuve los profes de siempre: desde la terrible maestra Benita en segundo de primaria (la porra la saluda), hasta el aburrido profesor Leonel de física en la secu; pero también, profesores increíbles como la maestra Rosario de geografía, o Adanely de foto, las dos cuando estaba en la prepa.

El chiste es que, no me pregunten cómo, un buen día mi maestra de psicología en la universidad y yo, nos convertimos en roomates.

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La primera vez que tomé clase con Gini, como la llamaremos aquí para fines prácticos, fue en tercer semestre de la carrera cuando yo tenía la cabeza en quién sabe dónde y nada más entraba a las clases para pasar el tiempo.

Gini daba clase de Psicología y Comunicación, y aunque nunca le puse mucha atención, supe que era una de esas profes chidas por barco, pero fabulosas por explicarlo todo bien.

Así era yo en la clase:

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Cuando terminó el semestre (aunque aprobé con un penoso nueve), pensé que Gini y yo nunca volveríamos a vernos, y con nunca quiero decir NUNCA.

Sin embargo, resultó ser que Gini no solo era una excelente profesora, sino que también, es una gran psicoanalista… Al final del semestre, ella se ofreció para platicar con nosotros si teníamos problemas, y entonces, pensé que podía ir con ella a contarle todos mis rollos existenciales.

Y entonces Gini pasó de ser mi profesora de la universidad a mi psicoanalista…

Ya sé lo que están pensando:

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Empecé a ir a terapia al menos una vez a la semana, aunque más tarde nos recorrimos a cada 15 días, y un buen día, dejamos pasar hasta una vez al mes.

Para no hacerles el cuento largo, con todo lo que es la vida, a mí me urgía salir de la casa de mis papás y aventurarme a vivir la vida solo y recordé que Gini rentaba un departamento como consultorio y tenía una habitación libre… ese podía ser mi espacio para vivir.

Un buen día le conté el plan y le pareció fantástico, así que tuve que enfrentarme a la tediosa plática con mis papás en la que les conté que quería irme, pero todo salió bien.

Un 5 de febrero estaba instalado en mi nuevo depa viviendo con mi antigua profesora de la universidad y además terapeuta, pero el chiste es… ¿a qué quiero llegar con todo esto?

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Pensando en el Día del Maestro, a veces no nos damos cuenta de que esos profesores que valen la pena no son exactamente los que son súper estrictos y hacen que te aprendas la tabla periódica de memoria.

No, los profesores más chidos son aquellos que te enseñan a vivir la vida, y que demuestran que hay un espacio para sus alumnos más allá del salón de clases.

Así que, aunque parece un poco loco vivir con tu viejo profesor o con tu terapeuta, la vida al final te enseña que hay personas en las que puedes confiar y apoyarte.

Gini y yo, pienso, somos como un matrimonio: nos hemos mudado, nos contamos cosas, y cuidamos de tres gatitos a los que los dos nos dedicamos a acariciar.

Aquí Leia:

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También discutimos si alguien dejó algo por aquí o por allá, o si yo hice party hard y ella necesitaba silencio, y cosas por el estilo.

A la fecha, por una cosa que me enseñaron mis papás y que nunca se me ha olvidado (que al maestro/a se le habla de usted) a Gini sigo hablándole así aunque siempre me ha pedido que le hable de tú, pero sé que nunca lo voy a hacer.

Así pasa la vida, y aunque a veces tienes profes de los que no quieres saber más, también te encuentras con excepciones súper chidas.

¡Feliz día, profesores!