A 15 meses de la muerte de Ozzy Osbourne a los 76 años, su viuda Sharon Osbourne reveló en una entrevista los últimos momentos del icono del heavy metal: antes de sufrir un paro cardíaco provocado por el desgaste del Parkinson y otros problemas de salud, Ozzy le pidió “abrázame fuerte”. Sharon también confesó que visita sus cenizas, sepultadas en el jardín familiar para evitar el escrutinio público, todos los días. Esta revelación coincide con el estreno mundial en cines (28 de octubre de 2026) del documental Ozzy & Black Sabbath: Back to the Beginning, que narra su apoteósico último concierto en Birmingham, realizado apenas 20 días antes de su deceso contra todas las recomendaciones médicas.
Si algo nos enseñó el caso de la muerte de Kurt Cobain y el turismo morboso, es que el luto público rara vez respeta la dignidad del difunto. Sharon Osbourne lo sabía perfectamente. Por eso, en lugar de enterrar a Ozzy en un cementerio público donde su tumba se convertiría en un lugar de peregrinación constante (y, seamos honestos, de probables actos de vandalismo), decidió mantenerlo en casa.
Las cenizas de Ozzy reposan en el jardín de la familia, un compostaje literal de las ofrendas florales de miles de fans. “Puedo verlo desde mi ventana. Lo visito todos los días”, confesó Sharon a la BBC. Es un final extrañamente pacífico para un hombre cuya vida fue una tormenta de decibelios y caos. Es, a mi parecer, el gesto más amoroso de una mujer que pasó 50 años intentando domar (o al menos dirigir) el huracán Osbourne.
Las últimas palabras y el desafío a la ciencia médica
La revelación más íntima de Sharon fue sobre la madrugada del 22 de julio. Ozzy se despertó, pidió dos besos y luego soltó un ruego que rompe la coraza del Príncipe de las Tinieblas: “Abrázame, abrázame fuerte”. Horas después, un infarto fulminante terminaba con su sufrimiento, agravado por el Parkinson tipo II, un enfisema y sepsis derivada de fracturas y cirugías vertebrales.
Pero lo que eleva la figura de Ozzy de la categoría de músico a la de mito es lo que hizo apenas 20 días antes de esa madrugada. Contra las súplicas de sus propios cardiólogos, que le dijeron a la cara “Tu corazón está demasiado débil”, Ozzy se presentó en el estadio de Villa Park en Birmingham para el concierto Back to the Beginning. Ocho horas de heavy metal, sentado en un trono, reunido con Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward. Fue un fuck you monumental a su propia mortalidad.
El documental: Un funeral a 120 decibelios
Y aquí entramos en el terreno de la explotación comercial. El 28 de octubre de 2026 se estrena en cines Ozzy & Black Sabbath: Back to the Beginning, una película sobre esa última noche. Sharon, en un raro momento de vulnerabilidad alejado de su personaje de implacable mánager, admitió que no volverá a ver la película porque “no quieres pensar en la muerte, en las lágrimas, en que estás postrado en la cama”.
Sin embargo, para los fans, este documento audiovisual es la catarsis que necesitaban. Con invitados que van desde Metallica hasta Jason Momoa, el filme no es un velorio, es una celebración. Y para diciembre de 2026, la industria nos venderá el Bluray 4K para asegurarnos de que la billetera de los Osbourne siga llena. Al final, el rock no muere, solo cambia de formato.
El matrimonio de Ozzy y Sharon sobrevivió a arrestos por intento de asesinato (bajo la influencia de sustancias), rumores de infidelidad y el circo de la televisión de telerrealidad. No fue un romance de cuento de hadas; fue una trinchera de supervivencia compartida.
Ozzy Osbourne pidió un último abrazo antes de irse. Es patético y hermoso a la vez, demostrando que detrás de toda esa fachada teatral de oscuridad y murciélagos decapitados, solo había un tipo de Birmingham aterrado por la nada, aferrándose al único anclaje real que tuvo en su vida.