Cosas que sólo pasan en el metro de la CDMX

¡Chamagoso, lento e inundado, aún así te amamos!

Este cuatro de septiembre se cumplen 48 años de que fue inaugurada la primera línea del Sistema de Transporte Colectivo (STC) Metro de la CDMX.

Desde entonces, el Metro se ha vuelto el transporte público por excelencia para la agitada capital, pues diariamente mueve millones de personas por su vagones.

Pero la “limusina naranja” y sus instalaciones no solo cumplen con su cometido de transportar ciudadanos a su destino. El Metro se ha convertido por sí mismo en un ente lleno de vida que da lugar a las historias más increíbles que harían palidecer a las que contaba la mismísima Sherezada.

Ya el legendario compositor Chava Flores cantaba las desventuras que se sufren al viajar en el Metro en una rola que transmitía el sentimiento y las peripecias que se sufre al viajar en él.

Hoy en día, la primera aventura que se vive es la de abordarlo, pues el usuario tiene que esquivar miles de obstáculos compuestos por puestos ambulantes, vendedores insistentes y uno que otro pedinche para poder ingresar a sus instalaciones.

Uno vez dentro, la segunda prueba para el viajero es abordar un vagón, mismos que en las mañanas suelen ir atiborrados, desafiando la ley de la física que dice que un dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo y en las mismas circunstancias.

Así de intenso es nuestro “gusano naranja”. Dentro de él, instalaciones y vagones, uno puede encontrar, por cinco pesos, una serie de de situaciones que volvería loca de envidia a cualquier pintura de Salvador Dalí.

Ahí uno puede encontrar diversos artículos de novedad, anillos de compromiso, ropa, álbumes discográficos que ni siquiera aparecen en las listas de MixUp, zapatos, tenis, adoptar un perrito o hasta realizar el mandado, pues últimamente se han colocado recauderías en ciertas estaciones.

Ha pero eso no es todo, en el Metro te puedes encontrar el amor y ternura en cada estación, pues grandes historias se han escrito en sus pasillo y vagones. Vaya, hasta peticiones de boda y nacimientos se han dado en en este magnífico transporte.

Lamentablemente no todas las historias que se dan en él son de color rosa, pues también el usuario está expuesto a asaltos, agresiones físicas,  sexuales o suicidios.

Por mala fortuna, el pasajero debe a veces sortear a pedigüeños de todo tipo, como faquires que se acuestan sobre vidrios, gente con supuestos familiares en el hospital, ciegos y sordomudos que solicitan ayuda o simplemente soportar el olor de los conciudadanos.

Aunque hemos de decir que como en “La Corte de los Milagros”, muchos de ellos sanan fuera de los vagones del Metropolitano (su verdadero nombre).

Además, cuando llueve, los usuarios se enfrentan a cascadas impresionantes, corrientes de agua mortales, lagunas misteriosas y mares inexplorados.

Pero el Metro también es un importante promotor del deporte, pues en él se puede practicar boxeo, natación, atletismo y hasta yoga, disciplina muy necesaria cuando el servicio tiene prolongados retrasos.

En lo tocante a la cultura, en el Metro se puede uno encontrar con diversas exposiciones de todos tipo, conciertos sorpresas, programas para leer libros y varios músicos callejeros que tocan como los dioses algún instrumento musical.

Por el lado de la salud, el Metro también se ha vuelto una buena opción para los viajeros, pues existen farmacias, consultores médicos y sus vagones, en ciertas épocas del año, se convierten en un singular spa con sauna y masaje incluido.

Así, por cinco pesos uno puede vivir una increíble aventura mucho mejor de la que pueden ofrecer los grandes parques de diversión temáticos.

Por todo esto, el Metro, a veces odiado, vive en el corazón de los habitantes de la CDMX, pues aunque adolece de muchas cosas, francamente los “chilangos” ya no pueden vivir sin él.

¡Feliz cumple Metro!