Riccardo Bertani, el hombre de los cien idiomas

De joven leyó mucho a León Tolstoi y así se dio cuenta que tenía habilidad para los idiomas, especialmente los remotos.

Riccardo Bertani es un campesino italiano con una extraordinaria cualidad. No es que haga que sus cultivos sean más grandes de lo habitual, ni tampoco ha descubierto una rara fruta que quite el hambre mundial. Sin embargo, lo que sí ha hecho, es poner la cultura al alcance de muchos. 

Bertini es políglota e intelectual autodidacta. Asegura que conoce una centena de idiomas, en particular los de Asia Central. El hombre tiene 86 años de edad y ya ha publicado cientos de volúmenes entre los cuales se encuentran traducciones, ensayos de lingüística y diccionarios, según informó el diario La Reppublica.

Durante 70 años, publicó el diario, Bertani se levantaba a las dos de la madrugada y se sentaba en su escritorio estudiar hasta las 9 de la mañana. Su pequeño pueblo, Caprara, apenas tiene 670 habitantes, y gracias a su quietud, Riccardo pudo dedicar noches enteras al estudio para después ocuparse de las arduas labores del campo.

Nacido en una familia campesina, su padre que fue un alcalde comunista del municipio de Campegine en la posguerra, así que creció en una casa llena de libros rusos. De joven leyó mucho a León Tolstoi y así se dio cuenta que tenía habilidad para los idiomas, especialmente los remotos.

Aprendió en poco tiempo ruso y se apasionó por Rusia, las estepas siberianas, el Oriente y las lenguas de esos pueblos. Ahora prepara un libro de próxima publicación sobre los Aíno, un milenario pueblo japonés.

Con extraordinaria memoria nos refiere algunos de sus estudios sobre infinidad de lenguas, muchas de ellas ya desparecidas: de los etruscos, de los aíno, de los mayas, de los pueblos de Mongolia y de etnias autóctonas de Siberia, del lituano y otros idiomas nórdicos, el serbo-croato, el persa, e incluso de los vascos. Aunque Bertani no conoce esas culturas personalmente,si ha visitado algunas universidades para dar conferencias y presentar algunos de sus libros. 

“Mis piernas ya no me permiten alejarme de casa”, dice con cierto pesar, pero su inspiración parece inagotable: “Me inspiro en el gran maestro Tolstoi. En la ética de las cosas sencillas, según la cual uno vale por lo que es, no por lo que tiene”. Además, también posee una gran humildad que se refleja cuando se le pregunta cómo quisiera ser recordado, a lo que él responde que quiere ser recordado por su trabajo y no por ser un fenómeno raro.

Riccardo ahora se levanta más temprano, a las cinco para leer, escribir y disfrutar de los amaneceres. Es lo que él llama “estremo mattino“, su amor por ver la salida del sol, “cuando la mente está más limpia y fresca”, confesó en su casa llena de libros, donde vive solo. Y pensar que aquí en México hay muchos que ni siembran, ni estudian, ni gobiernan, ni nada.